Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El señor marqués subió los anchos escalones que conducían al terrado, precedido de una antorcha que disipaba las tinieblas con luz suficiente para arrancar las quejas de un búho albergado bajo el vetusto techo de una antigua cochera. El aire estaba tan quieto que ni siquiera agitaba la llama que alumbraba al señor marqués ni la que le esperaba a la puerta del castillo. A excepción de la voz del búho y del murmullo de una fuente que vertía sus aguas en un pilón de piedra, nada se oía en el castillo. Era una de esas noches tenebrosas que cortan el aliento y exhalan de vez en cuando un suspiro que sofoca al instante el silencio. La enorme puerta se abrió rechinando y el señor marqués se encontró en un gran salón con las paredes cubiertas de antiguos venablos, de macizas espadas, de un sinfín de cuchillos de caza, y de algunos látigos de correa que más de un aldeano había sufrido en sus carnes antes de ir a reunirse con la muerte, su única bienhechora. Evitando los salones donde no había luz, el señor marqués se dirigió al primer piso, cruzó una puerta que daba a un corredor y entró en sus aposentos privados, constituidos por su alcoba y dos habitaciones más: habitaciones de altos techos abovedados, suelos sin alfombras, grandes perros frente a las chimeneas donde ardía la leña en invierno, y todos los lujos que convenían a un marqués de un siglo y de un país de lujo. La moda del penúltimo Luis, de la dinastía que nunca iba a extinguirse —Luis XIV—, era ubicua en el rico mobiliario, pero estaba diversificada en un sinfín de objetos que eran ilustraciones de las antiguas páginas de la historia de Francia.