Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Cuando salió el criado, el señor marqués se paseó por su alcoba abrigado con su bata, preparándose para el sueño. Sus blandas babuchas se apoyaban sin rumor en el pavimento, y sus pasos silenciosos, unidos a la flexibilidad de sus movimientos, le daban un aire especial, como si un hechicero le hubiera condenado por sus faltas a convertirse en un tigre, y el cambio periódico estuviese a punto de verificarse. Mientras se paseaba por aquel aposento voluptuoso, pensaba en los últimos incidentes de su viaje, que acudían a su pesar a la memoria: la subida larga y penosa del cerro, sus manos enrojecidas por el sol del ocaso, la bajada en medio de un torbellino de polvo, la aldea al pie de la colina, la cárcel sobre el peñasco, los aldeanos en torno a la fuente y el caminero señalando la cadena del carruaje con su gorro azul. La fuente de la aldea evocó el recuerdo de la de París, el pequeño montón de harapos ensangrentados depositado en el pilón de piedra, las mujeres que contemplaban el cadáver y el desgraciado padre que levantaba los brazos al cielo exclamando: «¡Está muerto!».
—Ahora —dijo el señor marqués— estoy tranquilo y puedo acostarme.
Apagó las bujías de los candelabros, a excepción de una, echó los cortinajes de seda, cerró los ojos, oyó los suspiros que exhalaba la noche y se entregó al sueño.