Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Las máscaras de piedra que adornaban la fachada miraron durante tres largas horas las tinieblas con sus ojos ciegos, los caballos se agitaron delante de los pesebres, los perros ladraron, y el búho lanzó gritos muy distintos a los que le atribuyen los poetas. Pero tales criaturas tienen la necia costumbre de no expresarse nunca como se les manda.
Durante tres largas horas las máscaras de piedra del castillo, leones y hombres, observaron la noche con sus ojos ciegos. Una densa oscuridad envolvía el paisaje, una densa oscuridad que sumaba su propio silencio al polvo silencioso de los caminos. No se distinguían ya en el cementerio los montones de hierba, la imagen de Jesucristo habría podido desprenderse de la cruz sin que nadie lo advirtiera, y en la aldea dormían a pierna suelta recaudadores y contribuyentes. Tal vez soñaban con banquetes, como sueñan con frecuencia los que se mueren de hambre, y con el reposo y el bienestar como deben de soñar el esclavo y el buey abrumados bajo el peso del yugo; al menos durante su sueño eran libres y estaban saciados, olvidando el hambre y el collar de su miseria.