Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Durante tres oscuras horas la fuente de la aldea manó invisible e inaudible, e inaudible e invisible goteó la fuente del castillo: las dos se fundían, como se funden los minutos que brotan del manantial del Tiempo. Después, sus aguas grises empezaron a ser fantasmas a la luz, y los ojos de las caras de piedra del castillo se abrieron.
El sol, después de alumbrar la copa de los árboles, pintó de rojo la colina y las máscaras de piedra, y el agua pareció mezclarse con sangre. El himno de la mañana saludó en el cielo y en la tierra el nuevo día; un pajarillo entonó dulcísimos trinos sobre la ventana del dormitorio del señor marqués, y el monstruo que sostenía las armas de la familia pareció escucharlos asombrado con los ojos inmóviles y las fauces abiertas.
Toda la aldea se puso en movimiento, se abrieron las ventanas y después las puertas, y los trabajadores, estremeciéndose al contacto con el aire frío y puro de la mañana, empezaron sus tareas de cada día. Empezaron a verse mujeres lavando, hombres y mujeres cavando, arando, escardando, apacentando los animales y conduciendo las pobres vacas a los márgenes de los caminos para que aprovechasen la hierba que crecía sobre la humedad de las acequias; en la iglesia una o dos mujeres arrodilladas, y en la puerta del cementerio una pobre viuda con una cabra que pacía en el césped al pie de la cruz.