Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Si al trasladarse a Londres hubiera abrigado la esperanza de nadar en oro y plata, es indudable que se habría llevado un amargo desengaño; pero había pedido trabajo, lo había conseguido, se había portado con celo, y en eso consistía todo el secreto de su fortuna. Daba clases en la Universidad de Cambridge, donde se toleraba que entrase de contrabando las riquezas de una lengua moderna, en vez de importar griego y latín con el beneplácito de la aduana académica; estas tareas universitarias le ocupaban una parte del tiempo, y el restante lo dedicaba a sus discípulos de Londres.
Ahora bien, desde la época en que reinaba un verano perpetuo en el Edén hasta nuestros días, en que es raro que el invierno abandone estos climas degenerados, los hombres han obedecido invariablemente la ley que los obliga a enamorarse de una mujer, y Charles Darnay seguía la ley común.
Había amado a Lucie Manette desde el instante en que se vio expuesto a morir en un cadalso. Nunca había oído una voz más dulce y simpática, nunca había contemplado un rostro más celestial ni nunca había sentido una emoción más grata que en el momento en que, al borde de la tumba, había sido mirado por aquella angelical criatura que debía identificarlo y declarar contra él.