Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Pero su amor era un secreto que a nadie había confiado. Desde el día en que, hacía un año, el señor marqués había muerto asesinado en la otra parte del Canal, Charles no había pronunciado una sola palabra que pudiera levantar sospechas sobre su estado de ánimo. Tenía excelentes razones para observar esta conducta, y sufría, callaba y esperaba.

Sin embargo, una noche, después de regresar de Cambridge, se dirigió a la casa de los ecos con el objeto de revelar al doctor lo que pasaba en su alma. Era también verano, y Lucie tenía costumbre de salir al anochecer con la señorita Pross. El enamorado, al tanto de esta circunstancia, encontró al señor Manette solo en su gabinete, leyendo junto a la ventana.

El doctor había recobrado paulatinamente toda la fuerza que le había sostenido en su cautiverio y agravado sus tormentos. Con todo, esa energía se debilitaba a veces de pronto, y volvía a aparecer bruscamente, como había sucedido con las demás facultades antes de volver a su estado normal; pero las crisis, antes tan frecuentes, cada vez eran más escasas: estudiaba mucho, dormía poco, sobrellevaba fácilmente la fatiga, y no le faltaba buen humor. Al ver entrar a Charles Darnay dejó el libro y alargó la mano.


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