Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Sydney miró el ponche y a su amigo, se bebió un vaso del líquido que abrasaba y volvió a mirar al abogado.
—La llamaste muñeca de cabellos de oro, porque, ya que debo decirlo, mi futura es Lucie Manette. Si tuvieras un poco de tacto y alguna consideración con las mujeres, ¡te habría pedido satisfacción por una expresión tan insultante! Pero, como tu criterio corre parejo a tu sensibilidad, hago tanto caso de tu opinión sobre esa joven como de la de un hombre con mal oído que se permite criticar la música de un buen compositor.
Sydney Carton bebía ponche, y lo bebía a vaso lleno, pero sin dejar de mirar a su amigo.
—Te he hecho ya mi confidencia —prosiguió Stryver—. No me seduce la riqueza; Lucie es bellísima, he resuelto casarme, y cuento con los medios para satisfacer mi capricho. La muchacha tendrá en mí a un hombre asentado, de posición consolidada, que sube como la espuma y que no carece de mérito. Es una verdadera fortuna para ella, pero merece eso y mucho más. ¿Te ha sorprendido la noticia?
—No —respondió Carton entre dos sorbos.
—¿Te parece bien mi idea?
—¿Y por qué no iba a parecerme bien?