Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Tomas el asunto con mayor serenidad de lo que imaginaba, y te interesas por mà menos de lo que creÃa. A decir verdad, como sabes que mi voluntad es férrea, sabes que tus observaciones serÃan completamente inútiles. SÃ, Sydney; quiero cambiar de vida, y empiezo a darme cuenta de que es muy grato tener una casa donde se pueda entrar cuando uno quiera. ¡Es tan cómodo estar en casa ajena cuando uno se fastidia en la suya! He llegado a la conclusión de que Lucie me conviene, de que es digna de ocupar una elevada posición y de que me honrará, y, por lo tanto, estoy resuelto a casarme con ella. Ahora, amigo mÃo, pobre Sydney, hablemos también de tu porvenir. Te has engolfado en una senda falsa, muy falsa, no tengo necesidad de demostrarlo; eres incapaz de hacer fortuna; no conoces el valor del dinero; vives muy mal aunque trabajas mucho; el dÃa menos pensado se habrán agotado tus fuerzas, vendrán las enfermedades y caerás en la miseria. Asà pues, es indispensable pensar en una enfermera. —El aire de protección que adoptó al dar este consejo le hacÃa parecer dos veces más obeso e insolente de lo que era en realidad—. Reflexiona sobre lo que te digo —continuó—. He examinado bien las cosas; cree al amigo cuya conducta habrÃas tenido que imitar; sigue mi ejemplo: cásate; busca una persona que te cuide. No me digas que te repugnan las mujeres, que has sido con ellas poco afortunado y que las has tratado siempre con aspereza; busca una mujer honrada sin reparar en la edad, una viuda respetable, por ejemplo, que posea una finca, un mesón, una casa o una renta cualquiera, y cásate para evitar la miseria. Esto es lo que te conviene, amigo mÃo, y no te duermas en los laureles.