Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Una de las particularidades de nuestro abogado consistía en parecer siempre excesivamente corpulento para el sitio en que se encontraba, cualquiera que fuese la dimensión de este, de modo que cuando entró en la Banca Tellsone quedó tan ocupado el espacio que los viejos dependientes manifestaron su disgusto desde el fondo de su rincón y parecieron aplastarse contra la pared; y los mismos dueños de la casa, que leían el periódico al final de una sombría perspectiva, manifestaron su descontento como si la cabeza del abogado hubiera tropezado con las suyas preñadas de guarismos.

—¡Buenos días, señor Stryver! —respondió el señor Lorry con voz discreta y apretando la mano del leguleyo.

Había en su modo de cumplir con esta formalidad cierta actitud especial en los agentes de la casa cuando recibían a un cliente en presencia de su jefe, por muy lejos que este se encontrara. El señor Lorry saludó, pues, al abogado con la abnegación de un individuo que estrecha la mano por cuenta de la Banca Tellsone.

—¿Qué deseáis, señor Stryver? —preguntó, en el ejercicio de su cargo.

—Veros únicamente, señor Lorry; es una visita particular. Tengo que hablaros de cierto asunto… comunicaros una noticia…


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