Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—Explicaos —dijo el señor Lorry, bajando la cabeza para escuchar al abogado mientras su mirada se perdía a lo lejos en busca de Tellsone.

El señor Stryver se apoyó con actitud confidencial en el enorme escritorio, que pareció demasiado angosto para recibirlo, y dijo:

—Voy a pedir la mano de la señorita Manette, vuestra amable amiga.

—¿Qué escucho? —exclamó el señor Lorry, pasándose la mano por la barba y mirando al abogado con expresión de incredulidad.

—¿Qué significa vuestro asombro? —preguntó el señor Stryver, dando un paso atrás—. ¿Qué insinuáis con esa exclamación, señor Lorry?

—Insinúo —respondió el hombre de negocios— que alabo vuestra determinación, que la aprecio como es digna de serlo y estad convencido de que os honra mucho a mis ojos. Pero ya sabéis, señor Stryver… —Movió la cabeza mirando al jurista de la manera más extraña y como si dijera para sus adentros: «Lucie es un partido demasiado bueno para vos».

—Que me ahorquen, señor Lorry, si os entiendo —respondió el legista, dando un golpe en el escritorio, abriendo desmesuradamente los ojos y respirando con fuerza.

El señor Lorry se arregló la peluca y mordió las barbas de su pluma.


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