Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —No, caballero —respondió el hombre de negocios, acalorándose—; podéis estar seguro de que nunca permitiré que se falte en mi presencia al respeto que se merece esa joven y, si existiera un hombre lo suficientemente grosero, lo cual no creo posible, para referirse a ella con imprudencia en este despacho, la discreción que me imponen mis obligaciones con esta casa no me impedirÃa decir a tan impolÃtica persona lo que hubiera de decirle. Este es, caballero, el sentido exacto de mis palabras, y os suplico que no les deis ninguna otra interpretación —prosiguió el anciano, cuyo sistema nervioso, ordinariamente tan pacÃfico, no estaba menos alterado que el del abogado.
—Confieso, señor Lorry, que no esperaba oÃr de vuestros labios lo que acabáis de decirme —contestó el jurisconsulto, rompiendo el silencio que habÃa seguido a esa filÃpica y quitándose de la boca una regla con la cual se golpeó los dientes después de haber chupado uno de los extremos—. Confieso que no lo esperaba. ¡Vos, un hombre formal, aconsejarme a mÃ, Stryver, abogado de la Sala de la Corte del Rey, que no pida por esposa a la señorita Lucie Manette!
—¿No deseáis saber mi opinión, señor Stryver?
—Ciertamente.