Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Es inútil que la repita, pues vos mismo acabáis de expresarla con las mismas palabras que yo hubiera dicho.
—Y yo os responderé —dijo el abogado, riéndose con sarcasmo— que hay cosas que por la enormidad de su inverosimilitud parecen monstruosas.
—Expliquémonos, señor Stryver, y aclaremos bien la cuestión —dijo el señor Lorry—. De ningún modo estoy autorizado para emitir una opinión sobre este punto como hombre de negocios y, desde tal perspectiva, no sé lo que puede suceder y guardo el más completo silencio, pero como anciano honrado con la confianza y la amistad de la señorita Manette, y que la aprecia asà como a su padre con el cariño más acendrado, he creÃdo que era deber mÃo deciros la verdad. Tened la bondad de recordar que no he sido yo quien os ha arrancado esta confidencia. Ahora bien, después de lo que acabo de deciros, ¿creéis que puedo equivocarme?
—No, no —respondió Stryver, con un silbido—. No puedo aspirar a encontrar en otros un poco de sentido común; solo puedo encontrarlo por mà mismo. E imagino que lo encontrarÃa en algún sitio; vos suponéis que todo esto es una tonterÃa corriente y moliente. Para mà es algo nuevo, pero seguramente tenéis vos razón.