Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Lo que yo suponga, señor Stryver, permitid que sea yo quien lo exprese. Y entendedme, señor —dijo el señor Lorry, volviendo a acalorarse—, no… no permitiré… ni siquiera aquà en la Banca Tellsone… que sea otro caballero quien lo exprese por mÃ.
—Perdonad —dijo el abogado—, retiro mis palabras.
—Os perdono gustoso y os doy las gracias por haberos dignado retractaros. Si me he expresado como acabo de hacerlo, señor Stryver, es porque podrÃa seros penoso hallaros con una negativa, y porque no serÃa menos desagradable para el doctor y para su hija tener que procuraros ese bochorno. Ya sabéis la intimidad que tengo el honor y la satisfacción de merecer de esa familia y, si me lo permitÃs, trataré de cerciorarme, sin hablar de vuestro proyecto ni mencionaros para nada, y de rectificar mi juicio con observaciones más categóricas y detalladas, y siempre os quedará el medio de sondear el terreno personalmente si no os satisfacen mis datos. Si me he equivocado, podréis comprobar entonces personalmente hasta qué punto; si no me he equivocado, podrÃamos evitarnos lo que a todas las partes les complacerÃa evitar. ¿Qué os parece mi plan?
—¿Cuánto tiempo necesitáis para desempeñar tal cometido? Ya sabéis que estamos en vacaciones, y os participo que tengo el plan de ausentarme de Londres hasta que vuelvan a abrirse los tribunales.