Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¡Oh! Es cosa de un momento. Puedo ir esta noche a casa del doctor, y pasar después por vuestro despacho.
—En tal caso acepto —respondió Stryver—. Me doy cuenta de que tengo menos prisa ahora que cuando he llegado aquÃ. Hacedme, sin embargo, el favor de cumplir vuestra promesa, y os espero esta noche. Asà pues, hasta otro rato.
Se retiró pronunciando estas palabras, y produjo al pasar tal conmoción que por poco derribó a los dos dependientes que, detrás de sus escritorios, débiles y venerables, saludaban continuamente: la gente creÃa que no tenÃan en la Banca Tellsone otro empleo que el de inclinarse sin cesar desde la llegada del primer cliente hasta la salida del último.
El señor Stryver era lo suficientemente astuto para percatarse de que el señor Lorry no se habrÃa expresado con tanta franqueza de no haber contado con alguna certeza moral que le respaldara y, aunque la pÃldora era tan amarga como inesperada, el abogado acabó por tragarla.
—¡Necia! —exclamó, cuando estuvo en la calle—. ¿Y creÃas atrapar un partido tan ventajoso? Pues te has llevado un chasco solemne. No serás tú la que dé calabazas a un abogado tan distinguido. ¡No! ¡No! ¡No!