Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El señor Stryver sintió un gran alivio cuando terminó este apóstrofe. Por consiguiente, se encogió de hombros desdeñosamente y animó su rostro con una sonrisa de orgullo.
Esta determinación hizo tan rápidos progresos en su cabeza que, cuando el señor Lorry se presentó a las diez de la noche en su despacho, lo encontró rodeado de libros y procesos y sin que se acordara ya de sus planes de matrimonio. Hasta manifestó alguna sorpresa al ver al hombre de negocios, y le recibió con aire distraído como si le hubiese interrumpido en medio de una tarea importante.
—He ido a casa del doctor como os había prometido —dijo el señor Lorry después de media hora de conversación anodina y de hacer vanos esfuerzos para llevar al abogado a la cuestión.
—¿A casa del doctor? —dijo el señor Stryver con frialdad—. ¿Y para qué? ¡Ah! Ya caigo… Sí… ¡Qué memoria la mía!
—No es posible abrigar la menor duda; tenía razón y estoy segurísimo. Así pues, reitero el consejo que os daba esta mañana.
—Lo siento en el alma —dijo el abogado con el tono más afectuoso—, por vos y por ese pobre padre. Sé cuánto debe de sentirlo esa desgraciada familia, pero… no se hable más del asunto.
—Perdonad, no entiendo… —dijo el anciano.