Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Pues bien, señor Lorry; voy a ser franco. Había creído que existían el buen sentido y la noble ambición donde no existen. Estaba equivocado, lo reconozco; pero ha caído ya la venda de mis ojos. ¿Qué tiene de extraño? Nada. Muchas jóvenes han cometido errores parecidos y luego se han arrepentido, en la pobreza y en la oscuridad, de haber sido casquivanas y novelescas. Lo siento por ella, porque difícilmente le saldrá otro partido tan ventajoso; pero, en lo que a mí me atañe, he salido de un mal paso y debo dar gracias a Dios. No necesito deciros que este casamiento era para mí un mal negocio en el que nada ganaba o poco menos. A pesar de lo que os dije esta mañana en un momento de obcecación, siempre he creído que la niña no me convenía. Por fortuna para mí no ha mediado entre ella y yo compromiso alguno, pero creo que no habríamos llegado a tanto de haberlo pensado dos veces. Estaba bien enterado de la necia vanidad y de las locuras ridículas de esas señoritas de rostro agraciado y de cabeza vacía; son tan testarudas e intratables que es vana empresa intentar dirigir sus caprichos. Os lo puedo asegurar; no se reciben con ellas más que chascos desagradables. Esto es doloroso, pero no tiene remedio y, por lo tanto… pasemos página. Como os decía, únicamente lo siento por vos y por su padre. Agradezco en el alma vuestros consejos. Conocéis mucho mejor que yo a esa niña y tenéis razón; no ha nacido para ser mía.