Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El señor Lorry contemplaba con extremado asombro al abogado mientras este lo cogÃa del brazo y lo llevaba a la puerta con gesto protector.
—Os doy las gracias por vuestros informes y consejos —seguÃa diciendo—. Estoy muy ocupado. ¡Adiós! Ya sabéis que tenéis en mà un amigo deseoso de serviros.
El anciano estaba en la calle sin volver de su asombro y, mientras hacÃa esfuerzos para explicarse lo que acababa de ver y oÃr, el abogado se tumbaba en el sofá guiñando el ojo al techo con una sonrisa de satisfacción y orgullo.