Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Hubo una época en que cierto poeta iba a sentarse en una plaza pública, donde se entregaba a sus meditaciones a la vista de los transeúntes[26]. El buen Jerry Cruncher, sentado también en un paraje público, pero sin ser poeta, se entregaba a sus meditaciones y miraba a un lado y otro.
En el momento en que Jerry se entretenía con tales ocupaciones, reinaba la estación en que son escasos los transeúntes y apenas cruzan las calles las mujeres que se enternecen con los galanteos, y los asuntos del recadero iban lo suficientemente mal para que sospechase que su mujer le indisponía con el Señor. De pronto llamó su atención una turba que se dirigía hacia occidente con estrepitoso clamor. No tardó en ver que era un cortejo fúnebre, y que el funeral promovía una oposición popular, responsable de los gritos que llegaban hasta sus oídos.
—Es un entierro, Jerry —dijo el señor Cruncher a su hijo.
—¡Me alegro! —dijo el muchacho, dando a su exclamación de triunfo un misterioso sentido.
Pero el señor Cruncher lo tomó a mal y, dando un bofetón al muchacho, le dijo:
—¿Qué dices, pícaro? Que te oiga hablar otra vez de ese modo y sabrás quién soy yo. Este muchacho se va haciendo muy astuto —añadió en voz baja, mirándolo de soslayo.