Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—¿En qué he faltado diciendo que me alegraba? —replicó el pilluelo frotándose la mejilla.

—¡Silencio! No me gustan los niños respondones. Mira y calla.

El hijo obedeció y el cortejo fue acercándose a la Banca Tellsone.

La multitud gritaba y silbaba en torno a un coche fúnebre donde se veía un ataúd con un solo plañidero, vestido de negro como exigía su cometido. El desdichado se esforzaba nerviosamente en evitar la mirada de la muchedumbre, que le hacía horribles muecas, y unía al grito de: «¡Abajo los espías!» una granizada de insultos demasiado enérgicos para ser reproducidos.

El señor Cruncher tenía en todas las estaciones una afición loca a los entierros, y desde el momento en que veía uno se animaba de una manera extraordinaria. Por eso, naturalmente, un cortejo tan extraordinariamente bullicioso le excitó en gran medida.

—¿Qué es eso? —preguntó a un transeúnte.

—No lo sé —respondió este con un agudo silbido—. ¡Abajo los espías!

—¿Quién es el muerto? —preguntó a otro.

—No lo sé —respondió otro que, haciendo bocina con las manos, gritó con furor—: ¡Abajo los espías! ¡Abajo los espías!

Finalmente, Cruncher supo que era el entierro de un tal Roger Cly.


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