Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¿Era espÃa? —preguntó al que le habÃa informado del asunto.
—Un espÃa de Old Bailey —respondió este.
—Yo le conocÃa, yo le he visto… y no recuerdo dónde. ¡Ah! SÃ… sÃ; ya caigo —añadió Jerry acordándose del proceso de Charles Darnay—. ¿Conque ha muerto?
—Muerto y muy muerto. ¡Abajo los espÃas! ¡Al arroyo los espÃas! ¡Arrastradlo! ¡Arrastradlo!
A falta de otra idea, esta pareció tan admirable que la turba se arrojó sobre el coche fúnebre y sobre el que representaba y presidÃa a un tiempo el duelo. El buen hombre se vio frente a frente con sus adversarios cuando estos pararon el coche y abrieron bruscamente la portezuela; pero, como era audaz y ligero de pies, hizo tan buen uso de su agilidad que en menos de un minuto llegó a una calle transversal después de deshacerse del crespón, del sombrero, del pañuelo y de los demás emblemas de su simbólico cargo. Todo esto fue destruido y arrojado a lo lejos mientras los mercaderes cerraban las tiendas a toda prisa, porque la turba en aquella época no se detenÃa ante nada y la tenÃan por un monstruo formidable.