Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Los más osados habían subido al coche mortuorio y se disponían a apoderarse del ataúd sin saber lo que iban a hacer de él; entonces, un genio más ocurrente propuso que se dejase al difunto en su sitio y se le acompañase a su última morada en medio del regocijo general. Como escaseaban las ideas prácticas, esta fue recibida con clamor, y en un momento se metieron dentro del coche ocho personas, doce se instalaron fuera, y el techo acogió a todos aquellos que afilaron su ingenio para encaramarse a él. Entre los primeros de estos entusiastas se hallaba Jerry Cruncher, que se había agazapado en una de las esquinas del coche, ocultando modestamente su cabeza de espinas de los ojos de la Banca Tellsone.
Los directores oficiales del entierro trataron de alzar la voz contra ese cambio de ceremonial, pero el Támesis estaba muy cerca, y diversas observaciones acerca del excelente efecto de los baños de río atajaron las protestas que, por otra parte, no eran muy vivas. Un deshollinador, auxiliado por el cochero verdadero, que por este motivo había sido colocado a su lado, conducía el carruaje del duelo mientras un marmitón, igualmente provisto de las luces y la experiencia del conductor oficial, guiaba el coche fúnebre. Algunos instantes después, antes de llegar al Strand, se les sumó el dueño de un oso muy conocido en la ciudad, y su animal, negro y muy sarnoso, dio cierto aire formal a la procesión de la que formaba parte.