Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El caminero se quitó el gorro azul, saludó a los presentes y se bebió de un trago el vinillo de monsieur Defarge. Sacó después de la blusa un pedazo de pan moreno y, mientras comía y bebía, otro individuo se levantó y desapareció como los anteriores.
Defarge necesitaba también un refrigerio, pero, como el vino no era para él fruta vedada, bebió muy poco en comparación con el campesino, y esperó sin sentarse a que este acabase su almuerzo. Nadie le miraba, y él no miraba a nadie, ni siquiera a su mujer, que había tomado otra vez su labor.
—¿Has acabado? —le preguntó al caminero cuando este dio fin al pan.
—Sí —respondió el aldeano.
—Pues sígueme; ven a ver tu cuarto.
Salieron de la taberna, se dirigieron al patio, subieron una escalera empinada y sucia, y se encontraron en la buhardilla donde en otro tiempo el hombre de la cabeza canosa hacía zapatos. El anciano no estaba, pero en ella se habían reunido los tres individuos que habían salido de la taberna uno por uno: su única relación con el zapatero consistía en que eran los mismos que miraban por las rendijas de la pared en el momento en que la señorita Manette fue a buscar al antiguo cautivo.
El tabernero cerró la puerta con cuidado y dijo en voz baja: