Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Como iba diciendo —repuso el caminero—, unos dicen una cosa; otros, otra, y no se habla más que del preso. Yo creo que hasta la fuente da su parecer y charla como nosotros. Finalmente, un domingo por la noche, cuando toda la aldea duerme, algunos soldados, no sé cuántos, bajan de la cárcel, se paran y se oyen sus fusiles resonar en las piedras de la calle. Algunos labradores cogen el azadón, y he aquà que empiezan a cavar mientras varios carpinteros cortan maderos, y los soldados rÃen y cantan, y tanto trabajan que al amanecer se eleva cerca de la fuente una horca de doce metros de altura. —Los ojos del caminero traspasaron el techo y alzó las manos como si hubiera visto la horca levantada hacia el cielo—. Nadie trabaja, nadie lleva los animales al campo, y todo el mundo esta allÃ, como podéis figuraros, hasta las vacas. A mediodÃa se oye un tambor, y los soldados, que han vuelto a la cárcel, bajan con el reo. Lleva aún los brazos atados por la espalda y, además, una mordaza que le abre la boca hasta las orejas y le hace reÃr, o al menos lo parece. En el extremo de la horca está el puñal con que ha asesinado al señor marqués, lo suben hasta allÃ, y pocos momentos después su cuerpo cuelga en el aire haciendo contorsiones.
Los cuatro Jacques se miraron mientras el campesino se secaba el rostro con el gorro azul.