Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—Y lo más terrible es —continuó— que su cadáver sigue allí colgado. ¿Cómo queréis que vayan las mujeres a sacar agua? ¿Podremos juntarnos en la fuente y hablar debajo del ahorcado? Cuando salí el lunes por la noche se ocultaba el sol; al llegar a lo alto del cerro, vuelvo la cara y, ¿qué veo? La sombra de aquel desgraciado se extiende sobre la iglesia, sobre el molino, sobre la cárcel, y llega, señores, hasta el punto donde la tierra se junta con el cielo.

El hombre hambriento se mordía las uñas mirando a sus tres compañeros y sus dedos se estremecían por el hambre horrible que le devoraba.

—He aquí lo sucedido, señores. Salí de la aldea al ocultarse el sol como me habían mandado; continué andando toda la noche y toda la mañana del día siguiente hasta que encontré a este amigo; después seguimos nuestro camino juntos, un trecho a pie, otro en coche y, por último, aquí estamos todos.

—Bien —dijo el primer Jacques, después de un instante de silencio—; eres un hombre honrado y has dicho la verdad. Haz el favor de salir y esperar fuera algunos minutos.

Monsieur Defarge salió con el campesino, que fue a sentarse en los primeros escalones, volvió después a la buhardilla y, cuando entró, vio a los tres compañeros formando un corro y al parecer en plena deliberación.


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