Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Castillo y cabañas, máscaras de piedra y esqueleto de ahorcado, manchas sangrientas en las losas, agua pura en la fuente de la aldea, millares de toesas de terreno, toda una provincia, toda Francia descansaba en tinieblas, concentrada en un espacio del grueso de un cabello. El mundo entero, con todas sus grandezas y pequeñeces, está encerrado en una estrella que centellea. Lo mismo que la ciencia puede descomponer la luz y examinar cada uno de sus rayos, la inteligencia humana puede leer en el reflejo de nuestro planeta los pensamientos y los actos, los vicios y las virtudes de los seres responsables que se mueven en su superficie.
El matrimonio Defarge se dirigía en el carruaje público hacia las puertas de París bajo la claridad de las estrellas. Hubo, como siempre, que detenerse en la barrera, y como siempre las linternas, apareciendo de pronto, se acercaron a proceder al examen con todo rigor. Monsieur Defarge bajó del carruaje; reconoció a uno o dos soldados de la guardia y a uno de los agentes de policía, y era tan íntima su amistad que le abrazaron cordialmente.
Cuando la pareja, envuelta otra vez en las sombrías alas del arrabal de Saint Antoine, bajó definitivamente de su vehículo, madame Defarge tomó la palabra mientras buscaba su camino a través del lodo negruzco y las inmundicias que cubrían la calle.