Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—¡Buenos días, Jacques! —repitió el forastero con menos soltura, porque le imponía la mirada del tabernero.

—Me tomáis por otro, caballero —dijo este—; me llamo Ernest Defarge.

—Lo mismo da —dijo el espía, desconcertado—, no por eso dejo de saludaros.

—Buenos días —contestó monsieur Defarge con desdén.

—Decía a la señora, con quien tenía el gusto de estar en conversación cuando entrasteis, que en todo el arrabal, y esto nada tiene de extraño, se sentía compasión y hasta cólera por la desgraciada suerte del pobre Gaspar.

—No sé nada —dijo Defarge—; nadie me ha dicho una palabra de eso.

El tabernero pasó entonces detrás del mostrador y, apoyando la mano en el respaldo de la silla de su mujer, miró al forastero que tenía delante. Barsad, que era muy hábil y astuto, conservó la actitud que había adoptado, apuró la copa, bebió lentamente un sorbo de agua y pidió otro coñac. Madame Defarge le sirvió inmediatamente, continuó trabajando, y cantó entre dientes mientras movía las agujas.

—Veo que conocéis muy a fondo el barrio, mejor que yo mismo —dijo monsieur Defarge al espía.


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