Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades John Barsad, que habÃa ido a la taberna a recoger las migajas que esperaba encontrar, supo reprimirse y disimular el efecto que le producÃa su desengaño. Su rostro siniestro cobró por el contrario una expresión risueña y, con el codo apoyado en el mostrador, continuó hablando con el tono más amable mientras se mojaba los labios con el precioso licor:
—¡Qué desgracia ha sido para todo el barrio la ejecución de Gaspar! —dijo, suspirando tristemente.
—Eso y mucho más debe esperar el que juega con puñales —respondió la tabernera—. Gaspar sabÃa de antemano lo que iba a perder en el juego; la puesta era crecida, no podÃa ignorarlo.
—Creo —dijo Barsad en voz baja y con un tono que invitaba a la confianza— que todo este barrio compadece al pobre muchacho, y que, sea esto dicho en secreto, está enojado contra los que le han hecho ahorcar.
—¿Será cierto? —dijo madame Defarge, manifestando sorpresa.
—¿Creéis que me equivoco?
—Aquà está mi marido.
En el momento en que el tabernero entró en la tienda, Barsad se llevó la mano al sombrero y le dijo sonriendo:
—¡Buenos dÃas, Jacques!
El tabernero se paró bruscamente y miró al forastero con asombro.