Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¿Sois casada, señora? —preguntó el inglés.
—SÃ, señor.
—¿Con hijos?
—No los he tenido nunca.
—El comercio no prospera mucho, según creo.
—Va muy mal. ¡Es tan pobre el trabajador!
—¡Oh! SÃ, muy pobre. ¡Se le oprime tanto… como decÃs con mucha razón!
—Vos lo decÃs —replicó la tabernera, añadiendo al nombre de Barsad algunos puntos de un dibujo particular que no presagiaban nada bueno.
—Perdonad, señora; es cierto que he sido yo quien ha proferido estas palabras, pero no he hecho más que expresar vuestra opinión, porque pensáis asÃ.
—¡Yo! —exclamó la tabernera alzando la voz—. Mi marido y yo tenemos bastante con nuestros negocios para dedicarnos a pensar en los ajenos. Nuestra opinión, nuestras ideas, nuestra ocupación continua se reducen a saber cómo vamos a ganarnos el sustento y, como vivimos con apuros, nunca nos acordamos de las penas de los demás. Bastante hacemos con sufrir las nuestras con paciencia.