Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—Es de un gusto perfecto. ¿Puede saberse a qué destináis esa faja?

—Es un pasatiempo —contestó la tabernera, mirándolo sonriente mientras sus dedos trabajaban con agilidad.

—¿No servirá para nada tan preciosa obra?

—¿Quién sabe? Es posible que más adelante sirva si la hago bien —continuó, respirando con fuerza e inclinando la cabeza con cierta coquetería—, es probable que sirva.

No podía negarse que una rosa en la cabeza de madame Defarge resultaba muy antipática en el arrabal de Saint Antoine, a juzgar por el efecto que producía. Dos hombres acababan de entrar, e iban a pedir vino cuando, al ver la flor, balbucearon, se acercaron a la puerta a ver si alguno de sus amigos venía y desaparecieron. No había ya en la taberna ninguno de los que estaban en ella antes de que madame Defarge se hubiera puesto la rosa y, aunque el espía observaba con atención, no había sorprendido entre los fugitivos ninguna señal de inteligencia; habían salido uno tras otro como distraídos y con actitud indiferente.

«“John” —pensó madame Defarge, examinando sin dejar de trabajar la hilera de puntos que acababa de hacer, y mirando al espía, murmuró para sí—: Espérate un momento y habré hecho las letras que componen tu apellido: “Barsad”.»


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