Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¡Buenos dÃas, caballero! —respondió madame Defarge, que, volviendo a tomar la labor, dijo para sÃ: «Cuarenta años, un metro ochenta y uno, pelo negro, moreno, ojos hundidos, cara larga y pálida, nariz aguileña torcida hacia la mejilla izquierda, expresión siniestra: este es…»—. ¡Buenos dÃas! ¿Qué deseáis tomar?
—Tened la bondad de mandar que me sirvan una copa de coñac y un vaso de agua fresca.
Madame Defarge le sirvió personalmente con la mayor amabilidad.
—Este coñac es precioso, señora.
Los licores del tabernero eran por vez primera objeto de semejante halago, pero madame Defarge sabÃa que la lisonja encerraba una falsedad con la que el espÃa querÃa granjearse su amistad para arrancarle un secreto. La tabernera respondió, sin embargo, que su licor podrÃa ser bueno, pero que no era precioso, y continuó trabajando con mayor ahÃnco. El nuevo parroquiano la observó unos momentos, aprovechó la ocasión para examinar el local y, volviendo a mirar a la dueña, le dijo:
—Hacéis punto con mucha habilidad.
—Es efecto del hábito —respondió la tabernera.
—¡Lindo dibujo!
—¿Os gusta? —dijo ella, sonriendo.