Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Madame Defarge ocupaba a la mañana siguiente su sitio de costumbre haciendo punto con afán. Tenía al lado una rosa, a la cual dirigía de vez en cuando una mirada con aire distraído, como casi siempre, y se encontraban dispersos por el local algunos parroquianos, bebiendo o no, sentados unos y otros de pie. Hacía un calor excesivo, e innumerables moscas, que llegaban en sus peligrosas incursiones hasta los vasos puestos junto a la tabernera, encontraban la muerte en el fondo de estos. Su desgracia no producía la menor impresión a las demás moscas, que desde fuera las miraban con suprema indiferencia, como si ellas fueran elefantes o animales muy diferentes, hasta el momento en que participaban de su desgraciada suerte. ¡Es curioso ver qué poca capacidad de reflexión tienen las moscas! Pero es probable que aquel día abrasador no reflexionaran mucho más en la corte.
Un hombre cruzó la puerta y proyectó sobre madame Defarge una sombra en la cual reconoció a un nuevo cliente. Dejó, pues, la labor en el mostrador, y antes de volver el rostro hacia el hombre que acababa de entrar, se puso la rosa en la cabeza. Esta acción no tenía nada de particular, pero desde el momento en que madame Defarge se puso aquel adorno se dejó de hablar en la taberna y todos los que se hallaban en ella fueron saliendo uno tras otro a la calle.
—¡Buenos días, señora! —dijo el nuevo parroquiano.