Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Aunque solo iban a separarse quince días, la despedida fue cruel. El padre la consoló por fin, y desprendiéndose con suavidad de los brazos que le estrechaban, dijo a su yerno:
—Tómala, Charles; ahora es tuya.
Ella agitó la mano en la portezuela, partieron los caballos y el coche desapareció.
El tranquilo refugio que habitaba el doctor estaba tan lejos de los sitios frecuentados por los ociosos, que el anciano, el hombre de negocios y el aya se quedaron bastante solos. Guardaban silencio desde la partida de los novios, y el señor Lorry no observó el cambio que se había verificado en el doctor hasta que entraron en la sala fresca y umbría: se habría dicho que el brazo de oro que salía de la fachada le había herido con una flecha envenenada.
El doctor se había contenido delante de su hija, y era natural que la reacción apareciese cuando no hubiera ya motivo para disimular, pero aquella reacción se parecía a los ataques que había sufrido en otro tiempo, y la expresión con que se apretaba la cabeza y se dirigía a su cuarto con paso incierto recordó al señor Lorry al loco de la buhardilla de Saint Antoine y el viaje que había hecho con él bajo la claridad de las estrellas.