Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Cuando la atmósfera, que por un momento había permitido distinguir las costas de Francia, se cargó al anochecer de una densa neblina, los pensamientos del señor Lorry tomaron también un tinte sombrío y, cuando se ocultó el sol, nuestro viajero, ya en la sala principal de la fonda, esperaba la cena en la misma actitud con que había esperado la comida, contemplando las ascuas de la chimenea donde se le aparecían mil fantasmas brillantes.
Después de cenar y apurar una botella de excelente vino de Burdeos, que produjo su efecto habitual confinando al olvido las inquietudes del alma, el señor Lorry suspendió su trabajo imaginario y descansó con completa calma. Hacía ya largo rato que saboreaba esta ociosidad llena de encanto, y acababa de llenar el último vaso con el satisfecho aspecto que puede ofrecer un caballero de cierta edad y tez lustrosa al llegar al fondo de la botella, cuando se oyó en la calle el ruido de un carruaje que se paraba delante de la puerta de la fonda.
—Es ella —dijo el señor Jarvis Lorry, dejando el vaso en la mesa sin haberlo probado.
Cinco minutos después entraba el mozo a anunciar que la señorita Manette acababa de llegar de Londres y preguntaba por el caballero de la Banca Tellsone.
—¿Tan pronto?