Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —PodrÃais triplicar el número, poner más de un siglo y medio, y no acercaros a la verdad.
El mozo abrió desmesuradamente la boca y los ojos, dio un paso atrás, se puso en el brazo izquierdo la servilleta que tenÃa en la mano derecha y miró al viajero mientras comÃa y bebÃa como si se hallara en lo alto de una torre o de un observatorio.
Cuando el señor Lorry acabó de comer, fue a dar un paseo por la playa. La pequeña ciudad de Dover, tortuosa y replegada sobre sà misma, parecÃa huir del mar y ocultarse en la colina como un avestruz espantado. La bahÃa daba la impresión de ser un desierto de agua que las olas, abandonadas a su capricho, solo trataban de destruir, pues se arrojaban contra la ciudad bramando, acometÃan con furia la costa y dispersaban al azar los restos que arrancaban de los peñascos. El aire que circulaba en torno a las casas situadas cerca de la playa olÃa tanto a marea que uno habrÃa podido imaginar que los peces enfermos iban allà a bañarse como las personas delicadas van en verano a zambullirse en el mar. El puerto, donde se hacÃa entonces la pesca en pequeña escala, era por la tarde un lugar de paseo muy frecuentado, especialmente a la hora de la marea alta. Se veÃan allà oscuros negociantes, que en ninguna parte habÃan llegado a prosperar, y que hacÃan a veces fortunas inmensas e inexplicables, y era notable que nadie del vecindario mirase con buenos ojos a los faroleros.