Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Tratáis muy ligeramente el favor que os debo —dijo Darnay.
—Es la pura verdad; creedlo. Pero me he salido de la cuestión, porque os preguntaba si podÃamos ser amigos. Ya me conocéis, sabéis que soy indigno de tratarme con una persona decente; preguntádselo a Stryver, y os lo dirá cómo yo.
—No necesito consultar a nadie para formarme una opinión.
—Como gustéis. En todo caso, sabéis que soy un miserable que jamás ha hecho nada y que nunca hará nada bueno.
—No sé si exageráis.
—No exagero, no; digo la verdad y podéis creerme. Asà pues, si no os repugna admitir en vuestro aprecio a un ser de mi especie, a un hombre sin mérito ni reputación, desearÃa que me dieseis licencia para venir aquà algunas veces y daros ocasión para que me consideréis un objeto inútil a pesar de la semejanza que existe entre nosotros, un mueble que se tolera por sus antiguos servicios y del cual no se hace caso. No creáis que abusaré del permiso; podrÃa apostarse ciento contra uno a que apenas lo aprovecharé tres o cuatro veces al año, pero será para mà una grata satisfacción pensar que podrÃa venir con más frecuencia.
—En ese caso aprovechadlo.