Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Entonces, ¿no rechazáis mi petición? Mil gracias, Darnay. ¿Cuento con vuestra autorización para gozar de esa libertad?
—Desde hoy, Carton.
Se estrecharon la mano y Sydney se retiró. Un minuto después habÃa vuelto a abandonarse a su indolencia y no era más, según su costumbre, que una sombra de sà mismo.
En el curso de la velada, cuando Charles Darnay se encontró solo en familia, incluyendo al señor Lorry, dijo algo sobre la conversación que habÃa tenido con Sydney, al cual se refirió como un problema indefinible, un conjunto de desorden y de indolencia, pero lo dijo sin amargura, sin enojo y como cualquier otro lo hubiera hecho juzgando por las apariencias.
Charles estaba muy lejos de pensar que su mujer habÃa escuchado con interés lo que decÃa sobre Carton, pero, cuando subió a su habitación, se la encontró allà esperando y con una arruga profunda en su encantadora frente.
—Estamos muy pensativos esta noche —dijo Charles abrazándola por la cintura.
—Sà —dijo Lucie, poniendo las manos en el pecho de su marido y con una mirada grave y penetrante—, estoy pensativa porque guardo un pesar en mi corazón.
—¿Qué pesar es ese, querida Lucie?