Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Como se ha dicho ya en otro lugar, ¡qué refugio tan prodigioso para los ecos era el rincón donde vivía el doctor Manette! Ocupada sin descanso en hilar la seda y el oro con que se tejía la vida tranquila y feliz de su marido, de su padre, de su antigua aya y compañera y de ella misma, Lucie Darnay escuchaba en la casa tranquila, en el rincón suavemente sonoro, el eco del paso de los años.
Aunque su felicidad le parecía perfecta, en los primeros días de su matrimonio dejaba algunas veces la labor y las lágrimas oscurecían sus ojos, porque había en el eco un rumor lejano, ligero, apenas audible aún, que le llegaba al corazón. Inquietas esperanzas y temores —de un amor desconocido y temores de dejar de vivir justo cuando gozaba de esas nuevas delicias— luchaban en su alma; creía oír entonces entre los ecos los pasos que se dirigían hacia su propia tumba, y las lágrimas brotaban como torrentes al pensar que su marido se quedaría solo, hundido en la desesperación.
