Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades La negativa a recibir aquellos tres pedazos de pan hinchó al señor Stryver de una indignación que fue en beneficio de los muchachos, y les hizo comprender el orgullo de los descamisados a cuya categoría pertenecía, según su padrastro, aquel insolente profesor de idiomas. El abogado tenía también la costumbre de contar entre vaso y vaso a la señora Stryver los manejos de que se había valido en otro tiempo la señora Darnay para seducirle, y de extenderse con elocuencia «sobre los artificios que había opuesto a tan insidiosos manejos y que le habían librado de ser su víctima». Algunos de sus colegas de la Sala de la Corte del Rey, que iban de vez en cuando a participar de su excelente vino y de la susodicha elocuencia, excusaban a su amigo diciendo que de puro repetir semejante mentira había acabado por creérsela; circunstancia tan agravante, sin embargo, del delito primitivo, que tendría que haber motivado la prisión del culpable y su ejecución en un lugar apartado.