Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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El señor Stryver continuaba haciendo progresos en el mundo de la abogacía; seguía su camino como una poderosa locomotora que cruza a marchas forzadas el agua cenagosa, y arrastraba a su imprescindible amigo como un barco a remolque. Se sabe que en general los barcos que gozan de este favor se encuentran en una posición nada ventajosa y casi siempre sumergidos, de lo cual resultaba que el desgraciado Carton iba casi siempre encorvado. Pero el hábito, que es tan fuerte y tan cómodo, tenía más fuerza en él que el sentimiento de degradación al que le conducía esta manera de vivir, y no pensaba ya en salir de la innoble dependencia en que le tenía su odioso compañero.

Stryver era rico, y se había casado con una viuda joven aún, que poseía una envidiable fortuna y tres hijos que no tenían de brillante en toda su persona más que los cabellos lacios de su cabeza, iguales a tres cepillos.

El abogado, exhalando por todos los poros un aire de protección de lo más ofensivo, salió un día de su casa precedido por los tres hijos de su mujer como por tres corderos, los llevó al tranquilo remanso del Soho, y los presentó como alumnos a Charles Darnay, anunciando con delicadeza:

—Amigo mío, recibid los tres pedazos de pan que traigo a vuestra despensa matrimonial.


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