Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Apenas respondían los ecos a los pasos de Carton, pues apenas cinco o seis veces al año hacía uso del privilegio de ir sin ser invitado y de pasar algunas horas con sus amigos como en otro tiempo. Nunca había bebido cuando iba a la casa. Y sobre él los ecos murmuraban otra cosa, una cosa que han murmurado de siglo en siglo todos los ecos auténticos.
Un hombre que ha amado realmente a una mujer y que después de haberla perdido ha conservado su amor con toda intensidad, no puede volver a verla sin despertar en el hijo de esa mujer una simpatía extraña, una piedad delicada e instintiva. ¿Cuáles son las fuerzas invisibles que animan en tales casos una sensibilidad tan exquisita? Ningún eco lo explica, pero el hecho es cierto y se demostró en Carton. Este fue el primer extraño a quien la tierna Lucie tendió sus brazos llenos de hoyuelos, y al crecer siguió siendo su favorito. El niño que había muerto lo nombró en sus últimos momentos.
—¡Pobre Carton! —balbuceó—. Dadle un beso de mi parte.