Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Incluso cuando se oyeron ecos de tristeza entre los demás, nunca fueron ásperos ni crueles. Ni siquiera cuando unos cabellos dorados, iguales a los de Lucie, rodearon con una aureola el rostro marchito de un niño que con voz apagada decía sonriendo: «Papá, mamá, siento dejaros y separarme de mi hermana, pero me llaman y tengo que partir», no vertió la madre lágrimas de desesperación viendo cómo el espíritu que le había sido confiado escapaba de sus brazos. Dejadlo que parta a ver la faz del Señor. ¡Benditas sean vuestras palabras, Dios mío!
De este modo, el rumor de las alas de un ángel se unió a los demás ecos y estos dejaron de ser del todo terrenales, porque había en ellos el aliento del Cielo. Los suspiros de la brisa que besaba el pequeño mausoleo del jardín los acompañaron, y Lucie los oía murmurar en el aire como se oyen suspirar las olas dormidas en la playa, mientras la pequeña estudiaba con gravedad cómica la lección de la mañana o, sentada a los pies de su madre, vestía su muñeca balbuceando en la lengua de las dos ciudades que se mezclaban en su vida.