Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Estas inquietudes pasaron, y su pequeña Lucie latÃa ahora en su seno. Luego, entre los ecos, se oirÃa el paso de sus pies diminutos y el tono de sus primeras palabras. Mayores ecos podÃan resonar en otra parte, y la joven madre, al lado de la cuna, siempre los estarÃa esperando. Y llegaron, y la morada sombrÃa se iluminó con una risa fresca y jovial, y el Divino amigo de los niños, a quien ella en sus padecimientos habÃa confiado el suyo, pareció tender los brazos a la pequeña y convertirla en el júbilo sagrado de su madre.
Lucie, ocupada sin descanso en devanar el hilo de oro que los unÃa y en ejercer en la trama de la vida familiar su dulce influencia sin que predominara en parte alguna, durante algunos años solo oyó rumores cariñosos y propicios. El paso de su marido anunciaba la fuerza y la felicidad, el de su padre era regular y firme, y el aya, en acto de servicio, despertaba vigorosamente los ecos, como un indómito caballo de batalla, fustigado, resoplando e hiriendo el suelo con impaciencia bajo el plátano.