Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Era tan difícil distinguir los objetos en medio de tal oscuridad que el señor Lorry, buscando a tientas el camino sobre la alfombra, supuso que la señorita Manette estaba aún en el aposento de al lado. Sin embargo, cuando se alejó de las dos bujías sepulcrales, vislumbró junto a la chimenea a una joven de no más de diecisiete años cubierta con una capa de viaje y que sostenía en la mano el sombrero que acababa de quitarse. Mientras contemplaba aquel lindo talle, delgado y estrecho, aquella profusión de cabellos de un rubio de oro, aquellos ojos azules que le interrogaban con afán, y aquel rostro puro, dotado de la facultad singular de contraerse vivamente, y cuya expresión actual participaba a la vez de la sorpresa, el embarazo, el temor y la curiosidad, el señor Lorry vio pasar de pronto ante sus ojos la imagen de una niña que había tenido en otro tiempo en sus brazos en el trayecto de Calais a Dover un día de invierno en que caía el granizo con violencia y el mar estaba borrascoso. La imagen se borró como un soplo en la superficie del espejo que había detrás de la joven, y cuyo marco formaba una guirnalda de pequeños cupidos negros, la mayor parte sin cabeza y todos lisiados, que ofrecían negras canastillas de fruta del Mar Muerto a negras divinidades del sexo femenino. El señor Lorry hizo a la señorita Manette un saludo muy galante.

—Dignaos tomar asiento, caballero —dijo una voz fresca y dulce con un ligero acento extranjero.


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