Historia de dos ciudades

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CAPÍTULO XXII EL TEMPORAL NO AMAINA

Saint Antoine, embriagado de alegría, llevaba apenas ocho días dulcificando la amargura de su pan negro y duro, y supliendo la frugalidad de su comida con abrazos fraternales, y madame Defarge ya presidía nuevamente en su mostrador el servicio de la taberna. No adornaba rosa alguna su cabeza, porque el gremio de los agentes de policía manifestaba desde hacía ocho días una extrema repugnancia a visitar los dominios del santo patrón, y los faroles de sus angostas calles tenían para ellos un balanceo de funesto augurio.

Madame Defarge estaba de brazos cruzados, respirando el aire fresco y luminoso de la mañana y mirando distraídamente la tienda y la calle. En una y otra se veían algunos grupos de ociosos descarnados y mugrientos, pero en ellos prevalecía el sentimiento de la fuerza sobre la miseria. La gorra ladeada de algodón rojo que cubría al más miserable de los ociosos parecía decir: «Sé que es difícil para mí, que llevo este harapo, retener la vida en mis venas; pero ¿sabéis qué poco me costaría extinguirla en las vuestras?».



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