Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Era de noche cuando los habitantes del arrabal volvieron donde sus hijos los esperaban en la cuna llorando de hambre. Asaltaron entonces las panaderías, o esperaron con paciencia en la puerta de las tiendas que les tocase el turno. Mientras tanto, con el estómago vacío y el cuerpo desfallecido, se abrazaban unos a otros dándose la enhorabuena, y charlaban para matar el tiempo. Las largas filas de harapientos fueron disminuyendo poco a poco hasta desaparecer; pálidos resplandores brillaron a través de las ventanas, se encendieron hogueras con algunos restos de muebles viejos en las calles, guisaron en ellas en común y cenaron delante de los portales.
Cenas miserables, sin carne y sin salsa que añadir a los mendrugos. Aun así, la fraternidad humana suministraba al pan negro la sustancia nutritiva y despertaba una alegría franca y espontánea. Padres y madres que habían tomado parte activa en los asesinatos jugaban con sus niños y los cubrían de besos, y en aquella situación terrible, ante semejante porvenir, los enamorados se amaban esperanzados.
Despuntaba el alba cuando Defarge, después de que sus últimos clientes acabaran de retirarse, dijo a su mujer, pasando el cerrojo a la puerta:
—Llegó por fin la hora de la victoria.
—Es solo el principio —respondió la tabernera.