Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Las nubes se habían quebrado y en sus brechas aparecían brillantes líneas de azul, a las cuales correspondían en el paisaje islas de vivo resplandor. El caminero, que había sustituido su gorro azul por otro rojo, había continuado su trabajo y parecía fascinado por el hombre que dormía sobre el montón de piedras. La tez morena, los cabellos negros y la revuelta barba, el gorro rojo, el extraño traje de lienzo tosco y de piel de carnero, el cuerpo robusto, enflaquecido por el ayuno, los labios apretados con fuerza aun durante el sueño le inspiraban un respeto mezclado de temor. El hombre venía de lejos; sus pies estaban destrozados y sangraban, sus enormes zapatos llenos de hierba le habrían pesado mucho en tan largo viaje, y su carne tenía tantas llagas como agujeros su vestido. El caminero trató de descubrir si llevaba armas secretas, pero se agachó en vano para mirar debajo de su zamarra, porque el viajero tenía los brazos cruzados sobre el pecho y tan apretados como los labios. Las plazas fuertes con sus trincheras, sus cuerpos de guardia, sus baluartes y sus puentes levadizos le parecieron al campesino fantasmas en comparación con aquel hombre y, cuando alzó la vista para mirar al horizonte, vio en su débil imaginación a otros hombres igualmente intrépidos que se dirigían a todos los puntos de Francia sin que ningún obstáculo pudiera detenerlos.



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