Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—Hay más; se dice que los emigrados son desterrados del territorio y condenados a muerte si vuelven a Francia. Por eso decía el herrador que vuestra vida pertenecía al pueblo.

—Pero ¿existen esos decretos?

—¿Qué sé yo? —respondió el maestro de postas, encogiéndose de hombros—. Si no se han publicado, se publicarán, que es lo mismo.

Se acostaron en un pajar y se pusieron en camino cuando la ciudad estuvo silenciosa, esto es, a una hora avanzada de la noche. Entre los múltiples cambios que habían conocido los detalles de la vida cotidiana, uno de los que más contribuían a dar a aquel extraño viaje un aire irreal era la falta de sueño. Después de espolear un buen rato al caballo en la oscura carretera, nuestro viajero y su escolta llegaban a algún pobre lugarejo, donde, en vez de las tinieblas, se veían luces en las ventanas, y a los habitantes bailando como fantasmas en torno a un árbol de la libertad[30] y entonando cantos patrióticos. Afortunadamente, aquella noche se durmió en Beauvais. Los tres jinetes salieron de la ciudad sin tropiezo y se encontraron en medio del camino, con un frío precoz y entre campos estériles, cuya monotonía interrumpían los restos ahumados de casas que el fuego había destruido, las bruscas apariciones de las emboscadas y los altos violentos exigidos por las patrullas.


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