Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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La señorita Pross, íntimamente convencida de que valía tanto, si no más, que una extranjera cualquiera, no era mujer que se dejara abatir por la desgracia o paralizar por el peligro, y se paró delante de la Venganza, cuyos ojos se habían clavado desde luego en ella, y dijo en inglés:

—Esta mujer puede presumir de ser fea.

Después tosió desafiante mirando cara a cara a la tabernera, pero ni madame Defarge ni la Venganza repararon en ella.

—¿Es su hija? —preguntó la tabernera, señalando a la pequeña Lucie con su aguja de hacer punto como si esta fuera el dedo del destino.

—Sí, señora —respondió el señor Lorry—, es la hija de nuestro pobre preso, su hija única.

La sombra de la tabernera cayó tan densa y amenazadora sobre la pobre niña que Lucie se arrodilló cerca de su hija y la estrechó contra su pecho. La sombra fatal se extendió entonces sobre las dos, envolviéndolas en un velo fúnebre.

—Bien; ya las he visto; podemos salir —dijo madame Defarge.

Había en el tono en que fueron pronunciadas estas palabras una expresión tan terrible que Lucie, cogiendo con mano suplicante a la tabernera del vestido, le dijo:


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