Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Seréis buena con mi marido, no le haréis mal. ¿Podréis conseguir que me dejen verlo?
—No pienso en tu marido —respondió madame Defarge—, sino en la hija de tu padre.
—Pues ¡sed buena por mÃ… por mi hija! Mirad cómo cruza las manos para suplicaros que seáis generosa. Ya lo veis, os tememos más a vos que a todos nuestros enemigos.
La ciudadana recibió esta confesión como un cumplido, y se volvió a su marido. A Defarge, que se mordÃa con angustia la uña del dedo pulgar, se le puso un semblante más severo bajo la mirada de su mujer.
—¿Qué te dice el preso en ese billete? —preguntó madame Defarge a Lucie—. ¿No habla de influencia?
—Dice que mi padre tiene mucha —respondió Lucie sacando el billete del pecho y mirando a la tabernera con sus hermosos ojos llenos de terror.
—Tu padre lo pondrá en libertad —dijo madame Defarge con indiferencia.
—Compadeceos de nosotros —exclamó Lucie con fervor—, os lo pido en nombre de Dios. No ejerzáis vuestro poder contra mi marido… Haced que lo devuelvan a mis brazos. Sois mi hermana porque sois mujer… ¡Tened piedad de una esposa y de una madre!