Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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La guillotina servía de tema a los chistes populares: era el remedio más eficaz para curar el dolor de cabeza, un cosmético infalible contra las canas, el barbero que afeitaba con más destreza, y el que abrazaba la guillotina, miraba por la ventana y después estornudaba en el saco. Había llegado a ser el signo de la redención humana y reemplazaba al crucifijo; pequeños modelos de este instrumento liberador adornaban los pechos, de donde había desaparecido la cruz, y se le rendían los homenajes que se negaban a Jesucristo.

Derramó tanta sangre que el terreno que la sostenía se empapó y se pudrió la madera, y cuando cayó a pedazos como el juguete del hijo del demonio, fue reconstruida y colocada de nuevo en su sitio cuando la ocasión lo requería. Continuó su obra sangrienta sin consideración a la elocuencia, al poder, a la virtud ni a la hermosura, y veintidós amigos que merecían el aprecio público, veintiún vivos y un muerto fueron decapitados una mañana a razón de minuto por cabeza[34]. El nombre del hombre fuerte del Antiguo Testamento[35] se había posado sobre el funcionario que la manejaba, pero este era más fuerte que su antiguo homónimo y no menos ciego, pues destruía todos los días las columnas del templo cuyos restos esparcía.



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